Por Horacio Corro Espinosa

Hay gente que siente miedo de todo. Esa gente, desde que amanece, tiene el miedo pegado como una costra. Siente que al salir de la cama alguien la va a descubrir. Mejor se esconde. Entre las cobijas esconde el temblor que la avergüenza. No se atreve ni a llorar porque eso también la aterra.

Es tanto su miedo que se espanta al oír su propia respiración. La escucha. No sabe de dónde viene. Se asusta. Siente que algo la persigue. Quiere gritar y, sin darse cuenta, contiene la respiración para escuchar mejor. No percibe que deja de respirar. Lo olvida todo.

Antes de salir de la cama hace el recuento de los males del día: el teléfono, los vecinos, las obligaciones de las redes sociales, el recibo de la luz, y ahora, el pago de piso para que no le cierren el negocio. Se levanta maldiciendo.

El miedo le llega por amenazas, reales o supuestas. Le carcome el cuerpo. Y encima el cuerpo envejece. Con el miedo y el cuerpo envejecido sale a la calle.

En la banqueta, un señor mira cómo un perro defeca frente a su puerta. El dueño del animal espera a unos pasos. Es uno de esos tipos que presumen de buena educación y no tienen la más mínima vergüenza de que su mascota jamás ensucie la casa de ellos. El perro termina y los dos se alejan del lugar. El señor no dice nada.

Uno debería decirle lo que piensa al dueño del perro. Así como uno debería gritarle su rabia a los que le han robado la paz. Pero el miedo vence al deber. Y uno sigue caminando, callado, hacia el torbellino de la calle.

El parque es el único lugar donde uno se atreve a llorar la vergüenza que esconde.

Pero no. Yo era valiente a los veinticinco años. Me equivocaba un día sí y otro también, pero no tenía miedo. Los peligros eran otros: el sida apenas asomaba y cambió nuestro modo de querernos. Daba igual. Entonces no tenía miedo.

¿Y ahora de qué tiene miedo uno? ¿Del dolor y la muerte inevitable? Para eso estamos educados: para ser valientes cuando hay que serlo. Lo difícil es encontrar el valor de todos los días. Perder el miedo a transitar por carreteras solitarias. Al ruido de una motocicleta que se acerca por la calle. A las llamadas de números desconocidos. Al hackeo del teléfono para robar las cuentas. Perder el miedo a los supermercados, a las librerías, a las multitudes. Perder el miedo al cansancio, a la culpa, a los recuerdos, al futuro. Perder el miedo a vivir en Oaxaca.

Todos dicen que debemos estar felices siempre. Que cómo puede uno reprocharle al destino tanta generosidad. Que Oaxaca es destino de clase mundial. Que aquí la paz volvió. Que este es el paraíso que todo lo cumple. Y uno oye esos discursos con pánico a salir después de las ocho de la noche.

Uno le teme a las promesas de las autoridades.

Y aquí ya no digo uno. Desde hace dos sexenios queremos ver cambios. Ya tuvimos bastante de ansiedad y de aguante infinito. Por una vez quisiéramos recuperar un lugar tranquilo. Y entonces quedamos frente a las autoridades como malagradecidos. Somos unos pobres diablos sin ambiciones.

Va a sonar el teléfono, nos decimos mientras bajamos la cortina del negocio.

¿Será una extorsión?

#PorSiHaceFalta

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