octubre 15, 2026

Por Horacio Corro Espinosa

Todos creíamos tener otra idea de la gente. Las caretas se caen y dejan al descubierto lo que había debajo.

El alivianado camina con paso decidido y sonrisa fija. Conoce a todo el mundo. Consigue favores para los que no saben a quién llamar. Reparte ayuda como quien reparte tarjetas de presentación: cada favor lleva su nombre impreso.

El gandalla es la otra cara de la moneda. No necesariamente la peor. Es más honesto: casi siempre reconoce lo que es.

Agandallar es un arte callejero. El gandalla quiere ser el primero en todo. Llega a la mesa justo cuando está servida. Aparece en fiestas sin invitación y se hace el chistoso para ganarse el derecho a quedarse.

Los dos se quedan con la rebanada más grande. La diferencia es que el alivianado parte las porciones frente a todos y presume de equitativo.

Los dos viven de los demás. No hay manera de mantenerlos alejados.

Si tenemos un problema, el alivianado aparece con su palanca. Cobra después. El gandalla se esfuma. Regresa cuando el problema ya pasó, con una palmada en la espalda y una frase que no le costó nada.

Donde ambos se multiplican es en la función pública. El gandalla de escritorio se agandalla los recursos y hace obras que benefician a su familia. El alivianado de gobierno hace lo mismo, pero inaugura con manta, discurso y fotógrafo.

Aquí es donde el dinero público deja de ser un préstamo que hay que rendir y se convierte en premio. La Auditoría Superior de la Federación publicó su informe 1484 sobre la Cuenta Pública 2024 del municipio de Huajuapan. Dieciséis páginas de tecnicismos. La historia cabe en una frase: de cada cien pesos revisados, dieciocho no tienen comprobante. La ASF no afirma que robaron el dinero. Afirma algo peor: el municipio no puede demostrar que lo gastó legítimamente.

El caso más visible: la presa de Tabernillas. El municipio pagó cuatro millones ochocientos mil pesos por una obra que, según los papeles, no existe. No porque la presa no esté ahí. Falta el acta de finiquito, el oficio de terminación, los croquis de las estimaciones. Los pocos que hay son ilegibles. No hay una sola fotografía del proceso ni de la obra terminada. En materia de dinero federal, no poder demostrar es tan grave como no haber hecho.

En la colonia Chapultepec, el municipio construyó un tanque de agua potable por novecientos noventa y tres mil cuatrocientos pesos. La licitación fue pública. Varias empresas compitieron. Ganó la mejor oferta. Todo resultó falso. La ASF descubrió que la empresa ganadora y una competidora están vinculadas entre sí. La misma gente con dos nombres. Se presentaron al concurso para aparentar competencia cuando el ganador ya estaba decidido. Simulación de concurso: el nombre técnico del fraude.

Hoy las redes exhiben todo. El alivianado publica sus buenas acciones con video y hashtag. El gandalla sube la foto del restaurante caro y etiqueta el lugar para que le hagan descuento. Al menos tiene el mérito de la transparencia involuntaria.

La sociedad mide a los políticos por lo que hicieron con los recursos que no eran suyos. En esta tierra abundan los dos. Lo que escasea es un tercero: el que ayuda sin cobrar y no se lleva nada. Ese no tiene nombre en el diccionario callejero. Quizá porque ya casi no se le encuentra.

 

#PorSiHaceFalta

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