
En Oaxaca, cada vez son más las familias que viven con una silla vacía en la mesa y una pregunta permanente en el corazón: ¿dónde están? La desaparición de personas dejó de ser un problema lejano, exclusivo de otros estados o regiones del país, hoy es una herida abierta en Oaxaca, una realidad dolorosa que avanza entre la indiferencia institucional, la lentitud de las investigaciones y el miedo de comunidades enteras que sienten que, cuando alguien desaparece, también desaparece la tranquilidad de todas y todos.
Porque una persona desaparecida no se esfuma sola, con ella desaparecen proyectos, familias, sueños y pedazos enteros de comunidad y lo más grave es que poco a poco hemos comenzado a normalizarlo.
Las fichas de búsqueda se vuelven paisaje cotidiano en redes sociales, los colectivos de madres buscadoras hacen el trabajo que debería hacer el Estado, las familias aprenden a investigar, a marchar, a exigir y hasta a protegerse solas. Mientras tanto, las autoridades suelen responder con comunicados, protocolos y promesas que rara vez se traducen en resultados contundentes. Ahí está el caso de la joven mixteca Roxana López, desaparecida hace meses en circunstancias que han despertado sospechas, indignación y temor en todo el estado. Un caso rodeado de señalamientos sobre presuntos vínculos de poder, omisiones y una investigación que, para muchos, avanza demasiado lento… y ese es justamente el problema.
En Oaxaca, muchas veces la justicia parece tener velocidad distinta dependiendo del apellido, del cargo o de las influencias de quienes aparecen alrededor del caso. Cuando las familias sienten más miedo que confianza hacia las instituciones, algo está profundamente roto. También están las desapariciones de jóvenes rumbo a la costa, las defensoras comunitarias que nunca volvieron a casa, las madres que siguen buscando incluso después de recibir amenazas. Casos distintos, pero unidos por el mismo dolor y por una constante que lastima: la impunidad.
El gobierno no puede limitarse a decir que “se está investigando”, la sociedad ya está cansada de frases vacías mientras las familias pasan noches enteras esperando una llamada, una pista o al menos una respuesta digna. Porque el verdadero drama de las desapariciones no es solamente la ausencia, es la incertidumbre eterna.
Es no saber si buscar con esperanza o con resignación es vivir atrapados entre la fe y el miedo. Oaxaca merece algo mejor que la costumbre de las desapariciones: merece instituciones capaces de actuar sin importar quién esté involucrado, merece autoridades que entiendan que detrás de cada ficha hay una vida y una familia destruida, pero sobre todo, merece recuperar algo que hoy parece desaparecer junto con las víctimas: la confianza.
Porque cuando una sociedad empieza a creer que cualquiera puede desaparecer y que probablemente no pasará nada, entonces el problema ya no es únicamente de seguridad, es una crisis moral del Estado.





